Hace frío, y por alguna razón Ángela echa de menos su pequeño rincón, el alféizar de la ventana del cuarto, siempre frío pero a su vez con esa extraña energía que parecía atraerla cada noche de insomnio. Pero está realmente lejos de aquella habitación, de la casa, de todos esos recuerdos e incluso de la Isla, y ahora la pequeñuela está deambulando por la casa en busca de su nuevo rincón. Ha probado todas las ventanas, y ninguna le vale. También probó, por simple literatura y de paso para saber que tan reales eran los libros que en su día leyó, a esconderse en los brazos de quien dormía a su lado, pero no surtió mucho efecto, aparte de relajarla un poco debido al aroma que el chico siempre despedía y que tenía más poder sobre ella que toda la lavanda del mundo (pero no más que su querido café, ella ya lo sabía). El sofá es inútil, la bañera es inútil, y todo es inútil en aquella casa porque aún no la siente como suya para nada, y siente que vuelve a ser la niña que no tenía casa ni nada mínimamente parecido a un hogar, ésa que ella detesta y que no quiere serlo jamás, porque 18 años fueron muchos años, porque cuando Aldo se fue, el muy capullo la hizo sentir igual que como ella se sintió todos aquellos angustiosos años, y porque Angie se había prometido no volver a sentirse extranjera en su casa. Pero así se siente, y eso duele.
No va a despertarle. Siempre recurre a él cuando pasan estas cosas, pero nuestro ángel tiene siempre la mente en las nubes, ¡y es que piensa que le va a acabar aburriendo de tanto acudir a él como si fuera su psicólogo! Angie le deja al margen, por una vez, y sigue probando huequecitos, e incluso se escapa de puntillas escaleras arriba para probar la azotea del pequeño bloque de viviendas, pero todo es en balde, y acaba volviendo a casa con la cabeza baja y los ojos vidriosos. Sabe que con el tiempo, todos esos sentimientos desaparecerán. La casa será cada vez un poco más suya, quizá un cuadro en aquella pared, un par de tazas llamativas en la cocina, alguna marca de quemado sobre la mesa por sus prisas... Las cortinas del salón, y las del baño, las sábanas del cuarto... Todo será un poco más "nosotros" y un poco menos "él", pero ahora está sola, despierta, a oscuras y con frío, en el centro del salón, y quiere rendirse y volverse a casa.
Sin embargo, por alguna razón que no lograré entender jamás, acaba arrastrando los pies hasta la puerta al final del salón, esa que da al balcón. Había olvidado que está cerrado con cristal, así que realmente es una terraza. No se está mal. No es la estancia más cálida de mundo, obviamente, pero a la pequeñuela le atrae esa energía que le encanta, sonriendo de repente. Está vacío, pero Angie ve en él un gran potencial. Es el mismo potencial que ve en sí misma, algo pequeño y vacío, que puede ser moldeado para llegar a ser, de alguna manera, el centro de toda la casa, pero olvidado por todos sus usuarios como si no valiera nada, y acaba sonriendo de forma inconsciente, eligiendo sin saberlo el mejor rincón de la terraza para sentarse y ver la Luna desde su posición.
Paso a paso, ángel mío. La mayor batalla de todas requiere de un primer movimiento.
miércoles, 12 de marzo de 2014
lunes, 10 de marzo de 2014
Cambio de sentido
Es difícil rehacer tu vida en prácticamente todas las situaciones que te obligan a empezar de cero. La muerte de alguien cercano, perder tu trabajo, una ruptura sentimental... O incluso, como es el caso de nuestra pequeñuela, la llegada de ese temido momento en el que toca cerrar todas las heridas que la vida, el tiempo y las malas decisiones había abierto en su tierna piel. Era extremadamente raro para Ángela desembalar todas sus cajas, vaciar las maletas y cerrar los cajones en una nueva habitación de una nueva casa de una nueva ciudad, pero algo le decía que era la decisión acertada para la dirección correcta, y ese alguien, por una vez, no era ni un hombre cruzando temporalmente su camino, ni un psicólogo prepotente creyéndose con derecho a juzgar su obra y vida a base de sesiones de 45 minutos a la semana.
No, esta vez era ella misma la que sentía que todo iba a ir bien.
Aún, como siempre, querida Ángela, creerlo mucho no equivale a que sea así. Hay problemas buscando trabajo, hay problemas consiguiendo que la dejen estudiar en donde está en lugar de donde estaba, hay problemas con la familia y hay problemas consigo misma. Con sus miedos. Con sus recuerdos. Con el fantasma de Sergio volviendo una vez cada ciertos días a recordarle que está muerto, perdido en algún lugar del mundo y olvidandola. Con todos sus otros fantasmas recordándole que puede correr, pero no esconderse. Con esa pequeña vocecita que le susurra al oído que no, ella no merece nada bueno en la vida.
- Angie, ¿sigues aquí o ya te has vuelto a marchar a Londres? - Una sonrisa burlona, pero tierna, trata de enmascarar la mirada preocupada de quién, frente a Ángela, chasquea los dedos para traerla de vuelta a casa, con una taza de café con leche caliente y humeante en la mano. - Ya te lo he dicho, pelirroja, no te vayas sin mí. - Su risa es casi un murmullo, pero a nuestra pequeña le recuerda al arrullo de un río, y le encanta. Por eso se enamoró de esa risa, y de todo lo que él significaba, prácticamente sin darse cuenta. Mucho después de irse de la ciudad, mucho después de encontrar la salida de su laberinto.
Él no era, ni mucho menos, la luz al final del tunel. Pero era el portador de ese magnífico farolillo que trataba de iluminarle, sólo un poquito, el camino. Y todos sabemos que nuestra pequeña Ángela siempre ha necesitado un poco de ayuda, por muy sarcástica que se crea.
- Sabes que no me iría sin ti. Y Nat puede matarme si me voy sin ella, también. De hecho, creo que mejor le mando un mensaje para que se pase a tomarse el café aquí, que estoy gandula y quiero ser un burrito de mantas en el salón en vez de congelarme el culo en la calle. - Se ríe. Y es una risa limpia, sincera, esa que le enamoró a él. Pobre iluso, si supiera que esa risa nació el día que se conocieron, a lo mejor no tendría tanto miedo.
Pero, ¿quién no tiene miedo cuando tiene un ángel a su lado?
No, esta vez era ella misma la que sentía que todo iba a ir bien.
Aún, como siempre, querida Ángela, creerlo mucho no equivale a que sea así. Hay problemas buscando trabajo, hay problemas consiguiendo que la dejen estudiar en donde está en lugar de donde estaba, hay problemas con la familia y hay problemas consigo misma. Con sus miedos. Con sus recuerdos. Con el fantasma de Sergio volviendo una vez cada ciertos días a recordarle que está muerto, perdido en algún lugar del mundo y olvidandola. Con todos sus otros fantasmas recordándole que puede correr, pero no esconderse. Con esa pequeña vocecita que le susurra al oído que no, ella no merece nada bueno en la vida.
- Angie, ¿sigues aquí o ya te has vuelto a marchar a Londres? - Una sonrisa burlona, pero tierna, trata de enmascarar la mirada preocupada de quién, frente a Ángela, chasquea los dedos para traerla de vuelta a casa, con una taza de café con leche caliente y humeante en la mano. - Ya te lo he dicho, pelirroja, no te vayas sin mí. - Su risa es casi un murmullo, pero a nuestra pequeña le recuerda al arrullo de un río, y le encanta. Por eso se enamoró de esa risa, y de todo lo que él significaba, prácticamente sin darse cuenta. Mucho después de irse de la ciudad, mucho después de encontrar la salida de su laberinto.
Él no era, ni mucho menos, la luz al final del tunel. Pero era el portador de ese magnífico farolillo que trataba de iluminarle, sólo un poquito, el camino. Y todos sabemos que nuestra pequeña Ángela siempre ha necesitado un poco de ayuda, por muy sarcástica que se crea.
- Sabes que no me iría sin ti. Y Nat puede matarme si me voy sin ella, también. De hecho, creo que mejor le mando un mensaje para que se pase a tomarse el café aquí, que estoy gandula y quiero ser un burrito de mantas en el salón en vez de congelarme el culo en la calle. - Se ríe. Y es una risa limpia, sincera, esa que le enamoró a él. Pobre iluso, si supiera que esa risa nació el día que se conocieron, a lo mejor no tendría tanto miedo.
Pero, ¿quién no tiene miedo cuando tiene un ángel a su lado?
Lo cual me recuerda:
angela,
cambio,
decisiones,
él,
natalia
sábado, 2 de febrero de 2013
Vacío.
La casa se veía malditamente vacía, y no era sólo desde el punto de vista de la esquina del cuarto de Ángela. Era el dichoso piso completo, carente de vida y bullicio, excepto el de los pasos que la muchacha daba al asegurarse de no dejar nada atrás, a excepción de lo que ya estaba allí el día que ella llegó a la Capital en el pobre autobús que hacía la ruta desde su pueblo. Ambos dormitorios estaban ahora completamente vacíos, las paredes blancas y mustias, el alféizar de la ventana sin los cojines donde Ángela solía quedarse dormida. Ya no había sofá en el que tirarse en el salón al llegar de marcha con los pies doloridos, ni la cafetera en la cocina para calmar la resaca. La casa estaba, por fin, vacía, y Ángela sentía que no era sólo la casa la que se había quedado vacía. - ¿Ángela? - Una voz la sacó de su ensimismamiento, haciéndola girar la cabeza hacia la puerta principal. - El piso ya está listo para devolver las llaves... Será mejor que nos vayamos ya. - La chica sólo asintió, sin cruzar una sola palabra con quien trataba de animarla, y salió de la casa tratando de no arrastrar los tacones con sus pasos.
Se detuvo en todas y cada una de las viviendas del edificio, despidiéndose de mayores y jóvenes disculpándose por su música a demasiado volumen a horas intempestivas, o por olvidarse siempre de comprar harina y andar pidiéndosela a ellos, y luego, con una sonrisa triste en el rostro, salió del edificio. Se acabó una etapa, ángel mío, pero, ¿quién dice que eso sea malo?
Adiós Aldo, adiós Sergio, hola... Nueva vida.
Continuará...
Adiós Aldo, adiós Sergio, hola... Nueva vida.
Continuará...
Lo cual me recuerda:
aldo,
angela,
cambio,
decisiones,
sergio
jueves, 4 de octubre de 2012
Los cambios empiezan por dentro.
Delante del espejo, parada en el tiempo y en el espacio, sonriente. Con aquella sonrisa de Cheshire que una vez la caracterizó, los labios recién mojados por lágrimas que no recuerda si eran de tristeza o alegría. Alguien le dijo una vez que los cambios empezaban desde dentro, desde uno mismo, y que el mundo no cambiaría si ella no se movía primero. Ya no recordaba si había sido Aldo, Nat o su psicóloga en el pueblo. Quizás incluso fue Ernie, quién sabe, la pobre Ángela sólo recuerda la frase y el sentimiento de que aquellas palabras estaban demasiado redichas en un mundo tan vacío. En su momento, cuando las palabras salieron de la boca de esa persona, anónima ahora en su cabeza, lanzó el vaso que tenía en su mano contra la pared y maldijo a quién las inventó. Sí, definitivamente eso tuvo que ser antes de mudarse a la capital.
Pero ahora, parándose a pensarlo, quizá no andaba tan errada. Es cierto que algunas cosas pasan por mucho que uno trate de cambiarlas, pero otras... Quizás quedarse en casa no era la opción. Quizás Natalia tenía razón. Quizá dar un paso adelante y tres hacia atrás sólo la empujaría a su destrucción. Quizás, quizás, quizás...
Suena el timbre de la puerta y Ángela levanta por primera vez en casi una hora la vista de las tijeras que mantiene, firme, atrapando un mechón de su pelo. La levanta hasta mirarse a sí misma a los ojos, y sonríe, sonríe como si sus penas fueran inventadas y pesaran lo que pesa el viento. Deja con sumo cuidado el instrumento sobre el estante y camina, arrastrando ligeramente los pies por el pasillo, hasta detenerse ante la puerta aún sonriente. Al abrir se encuentra con los morros fruncidos de Natalia, que pasan a ser una sonrisa curiosa al descubrirla contenta.
- ¿Alguna razón en especial para recibirme así? - La mira de arriba abajo, guiñándole un ojo antes de entrar a la estancia, dirigiéndose directamente a la cafetera mientras Ángela se asoma, extrañada, al pasillo , esperando encontrar al "amigo guardaespaldas" de Nat, como ella ha bautizado a Alberto desde que le conoció. - No busques mucho, probablemente no le vuelvas a ver. Hay tíos que no se aprenden sus roles. - La voz de Natalia queda ahogada por el sonido de la cafetera, y nuestra querida Angie aprende de esta misma manera que la vida de Nat siempre será el mar de secretos para ella, dispuesto a ahogarla si trata de sumergirse mucho en él. Se encoge de hombros y cierra la puerta, caminando hasta la barra americana de la cocina y sentándose en un taburete mientras Nat sigue trasteando con la cafetera. - Sigo esperando tu excusa para estar en camisa y calcetines a las cuatro de la tarde, Ángela. ¿Algún visitante secreto en el cuarto libre? Porque no me voy a ir sin conocerlo...
- ¡No, no! - Se ríe aunque sienta una punzada en el pecho, de recuerdos que Natalia no sabe que recuerda y que duelen tanto como siempre han dolido y dolerán. - Simplemente... Hoy quería cambiar.
- ¿Así, sin más? ¿Te levantaste y dijiste "Hoy voy a volver a ser yo"? - Nunca usa la palabra "normal", porque, ¿desde cuándo Ángela es una persona normal?
Ángela sonríe y asiente, agarrando con las dos manos la taza que Natalia le pasa y soplándose suavemente la superficie del líquido que la llena. Nat abre los ojos, asombrada, pero acaba sonriendo con ella.
- Pues nos vamos de compras. - Y aquello es otra señal, y Angie lo sabe, sabe que es la señal de que Nat necesita desahogarse, y Angie puede estar loca pero sabe sumar dos más dos, así que asiente tratando de que la sonrisa no se le vaya.
Los cambios empiezan por dentro. Angie no lo ha olvidado, no ha olvidado sus planes de cambiar. O de volver a ser quién era. Pero ¿tiene que cambiar justo ahora que la única persona que parece interesarse por ella y cuidarla la necesita? Los cambios empiezan por dentro.
Los cambios empiezan por dentro. Y preocuparse por alguien, sea por ella misma o por Natalia, ya es un cambio.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Cabrón.
[SMS] Era más facil aguantar el silencio cuando lo ahogabas tú a base de risas, canciones y palabrotas.
Cabrón. El sonido del móvil la despierta, y después de leer el mensaje le es imposible volverse a dormir. Piensa en levantarse y dejarse caer dormida en el marco de la ventana, pero hasta algo tan simple como eso le trae malos recuerdos, así que se queda durante un rato sentada allí, en la cama, con la espalda contra la pared y respirando tan hondo como puede para no empezar a hiperventilar. Cabrón. ¿Ahora la echa de menos? Sigue respirando hondo, Ángela, no dejes que esto te desborde.
Pero la niña que hay en su interior parece reírse de ella, y acaba por golpear las mantas hasta lograr salir de la cama, huyendo como puede de todos los recuerdos que su habitación le trae. Sin embargo salir al pasillo sólo le trae más y más recuerdos, y cada vez se siente más y más ahogada, no puede más, no quiere poder más, así que se pone sobre el pijama un chándal y sale corriendo del piso, trastabillando en las escaleras y golpeándose contra la pared tras caer un par de escalones. Llora, y llorando se da cuenta de que está hiperventilando y ya hasta ve borroso, y eso la hace llorar más. Llega como puede a la calle y para un taxi con aspavientos, teniendo la suerte de que el hombre se da cuenta de su estado y la lleva casi volando al hospital. Allí finalmente se desploma, quizás por cansancio, quizás por la medicación que le acaban de inyectar, quién sabe, Angie sólo sabe que en sus sueños sale el maldito mensaje, pero ya no son letras parpadeantes en la pantalla de un teléfono, sino él mismo, en cuerpo y ¿alma? susurrándole al oído cosas que ella nunca más creerá.
Despierta al día siguiente, y tras recibir instrucciones del médico de guardia que la atendió, se deja arrastrar por Natalia hasta el coche, en silencio. Ángela no sabe cómo ha llegado Natalia hasta allí, quién le dijo que la fuera a buscar, o por qué no la está bombardeando con preguntas sobre qué le provocó aquella ansiedad, pero sigue cansada, y ella tampoco pregunta. Se queda mirando a la nada con la cabeza apoyada en el cristal, y repite el ritual al llegar al piso, de nuevo en pijama, de nuevo en el marco de la ventana, de nuevo mirando a la nada, casi dormida. Y, de nuevo, después de tanto tiempo, sintiendo sus lágrimas pegándose al cristal. Cabrón.
Cabrón. El sonido del móvil la despierta, y después de leer el mensaje le es imposible volverse a dormir. Piensa en levantarse y dejarse caer dormida en el marco de la ventana, pero hasta algo tan simple como eso le trae malos recuerdos, así que se queda durante un rato sentada allí, en la cama, con la espalda contra la pared y respirando tan hondo como puede para no empezar a hiperventilar. Cabrón. ¿Ahora la echa de menos? Sigue respirando hondo, Ángela, no dejes que esto te desborde.
Pero la niña que hay en su interior parece reírse de ella, y acaba por golpear las mantas hasta lograr salir de la cama, huyendo como puede de todos los recuerdos que su habitación le trae. Sin embargo salir al pasillo sólo le trae más y más recuerdos, y cada vez se siente más y más ahogada, no puede más, no quiere poder más, así que se pone sobre el pijama un chándal y sale corriendo del piso, trastabillando en las escaleras y golpeándose contra la pared tras caer un par de escalones. Llora, y llorando se da cuenta de que está hiperventilando y ya hasta ve borroso, y eso la hace llorar más. Llega como puede a la calle y para un taxi con aspavientos, teniendo la suerte de que el hombre se da cuenta de su estado y la lleva casi volando al hospital. Allí finalmente se desploma, quizás por cansancio, quizás por la medicación que le acaban de inyectar, quién sabe, Angie sólo sabe que en sus sueños sale el maldito mensaje, pero ya no son letras parpadeantes en la pantalla de un teléfono, sino él mismo, en cuerpo y ¿alma? susurrándole al oído cosas que ella nunca más creerá.
miércoles, 20 de junio de 2012
Café.
Él la mimaba, y ella se dejaba mimar. Tan sencillo como eso. Esa era una regla de oro en la vida de Ángela, siempre lo fue desde que el accidente de Ernie hizo que su mundo se desvaneciera y ella se marchara a la gran ciudad con Aldo. Recibir, pero no dar. Aprendió luego a dejar entrar a la gente a su vida, por supuesto, pero primero Aldo y luego Sergio acabaron por colmar su paciencia y sus ganas de seguir intentando luchar contra lo que parecía el destino escrito a fuego en lo más profundo de su piel: que estaba hecha para estar sola. Y se acostumbró, se acostumbró a ver a la gente entrar y salir de su vida como si nada importara, como si no doliera, como si el resto del mundo realmente pensara que a ella no le doliera nada. Pero todos sabemos que Ángela es sólo coraza, ¿de verdad alguien se cree que las ojeras que vistes son por insomnio y no por las lágrimas que dejas caer noche si y noche también? Hace tiempo que nadie la cuida, nadie la mima, ni la acaricia como si ella fuera una dulce gatita en busca de cariño, antes de sacar las garras y volver a la carga.
Pero ahora Ángela sólo suspira cuando, al salir de la ducha, se encuentra a Nat media tumbada en el sofá, con la cabeza apoyada en el hombro del chico que parecía llamarse Alberto, y se da cuenta una vez más de que está sola.
- ¿Piensas adueñarte de mi casa? Pensaba que al menos me pedirías permiso o algo, qué se yo... - Cruza los brazos, aún apoyada contra el marco de la puerta, tratando de aparentar ser más dura de lo que ahora mismo se siente capaz de ser, y parece que Natalia se da cuenta porque sólo es capaz de reírse antes de sacudir la cabeza y ponerse cómoda. - ¡Ni tú te crees que con sólo una ducha te vayas a volver la reina del blues, cariño! Anda, siéntate aquí antes de que tenga que ir a buscarte yo... - Una vez más Ángela cruza la mirada con la de Alberto, y por primera vez él parece sonreír, pero tan sólo por un segundo, tan poco que Ángela siente que se lo ha imaginado, y se gira para caminar hacia la cafetera y prepararse un cappuccino. Lo necesita. Necesita el café para dominar la cantidad de ideas absurdas que corren por su mente de repente, el surrealismo que rodea su vida. - Que nos conociéramos hace tiempo no te da derecho a tomar mi casa por la fuerza. - Grita por encima del ruido de la cafetera. - Que tus padres estén preocupados por ti, sí, así que mejor no lo intentes que ya vas con retraso. -
Ángela deja caer la taza sobre el mármol de la cocina, con suerte sin derramar gran parte del contenido. Sus padres estan preocupados por ella. Nat lo sabe. Nat los conoce. Por eso ella la conoce. Por eso ella sabe de su vida, de sus errores, de cómo hace demasiado tiempo que ella no es ella misma. Natalia no es una desconocida que aparece de repente en su vida para salvarla. Natalia es parte de su vida, de cuando era joven, dulce, cariñosa y se preocupaba por la gente. Natalia la conoció antes de perder a Ernie, antes de mudarse a la capital y tratar de convertirse en quién debía haber sido desde un principio, no la tonta princesita que ayudaba a todo el mundo sin dudar, sino la mujer hecha y derecha que sabe cuidarse de si misma. La persona que no es ahora.- Decirme que me conocías "de antes de que yo dejara la universidad" es un poco inexacto, ¿sabes? - Coge de nuevo la taza, limpiando con un paño todo lo vertido antes de caminar hasta el sofá y sentarse al lado de la chica. En un primer momento se queda así, estática e incómoda, pero sólo un sorbo de café y una mirada a los dos chicos que pierden la suya en el televisor basta para que ella suba los pies también sobre el sofá y se acomode un poco más. - Buena chica. - Nat sonríe y le besa la frente, guiñándole un ojo antes de devolver la mirada a la pantalla. - Bienvenida a casa, soldado.
Pero ahora Ángela sólo suspira cuando, al salir de la ducha, se encuentra a Nat media tumbada en el sofá, con la cabeza apoyada en el hombro del chico que parecía llamarse Alberto, y se da cuenta una vez más de que está sola.
- ¿Piensas adueñarte de mi casa? Pensaba que al menos me pedirías permiso o algo, qué se yo... - Cruza los brazos, aún apoyada contra el marco de la puerta, tratando de aparentar ser más dura de lo que ahora mismo se siente capaz de ser, y parece que Natalia se da cuenta porque sólo es capaz de reírse antes de sacudir la cabeza y ponerse cómoda. - ¡Ni tú te crees que con sólo una ducha te vayas a volver la reina del blues, cariño! Anda, siéntate aquí antes de que tenga que ir a buscarte yo... - Una vez más Ángela cruza la mirada con la de Alberto, y por primera vez él parece sonreír, pero tan sólo por un segundo, tan poco que Ángela siente que se lo ha imaginado, y se gira para caminar hacia la cafetera y prepararse un cappuccino. Lo necesita. Necesita el café para dominar la cantidad de ideas absurdas que corren por su mente de repente, el surrealismo que rodea su vida. - Que nos conociéramos hace tiempo no te da derecho a tomar mi casa por la fuerza. - Grita por encima del ruido de la cafetera. - Que tus padres estén preocupados por ti, sí, así que mejor no lo intentes que ya vas con retraso. -
Ángela deja caer la taza sobre el mármol de la cocina, con suerte sin derramar gran parte del contenido. Sus padres estan preocupados por ella. Nat lo sabe. Nat los conoce. Por eso ella la conoce. Por eso ella sabe de su vida, de sus errores, de cómo hace demasiado tiempo que ella no es ella misma. Natalia no es una desconocida que aparece de repente en su vida para salvarla. Natalia es parte de su vida, de cuando era joven, dulce, cariñosa y se preocupaba por la gente. Natalia la conoció antes de perder a Ernie, antes de mudarse a la capital y tratar de convertirse en quién debía haber sido desde un principio, no la tonta princesita que ayudaba a todo el mundo sin dudar, sino la mujer hecha y derecha que sabe cuidarse de si misma. La persona que no es ahora.- Decirme que me conocías "de antes de que yo dejara la universidad" es un poco inexacto, ¿sabes? - Coge de nuevo la taza, limpiando con un paño todo lo vertido antes de caminar hasta el sofá y sentarse al lado de la chica. En un primer momento se queda así, estática e incómoda, pero sólo un sorbo de café y una mirada a los dos chicos que pierden la suya en el televisor basta para que ella suba los pies también sobre el sofá y se acomode un poco más. - Buena chica. - Nat sonríe y le besa la frente, guiñándole un ojo antes de devolver la mirada a la pantalla. - Bienvenida a casa, soldado.
martes, 19 de junio de 2012
Vuelta a la vida, vuelta a los orígenes.
Despertarse en el sofá no era la mejor opción, eso era algo que Ángela siempre había detestado. Daba igual que fuera viendo una película con su padre, o sentada en los sillones del balcón mientras hablaba con su hermana. Siempre había odiado la sensación de despertarse de una siesta demasiado larga para ser sana y demasiado corta para ser reconfortante. Y sin embargo allí estaba ella, caído sobre un lado del sofá, los ojos pegajosos y la boca pastosa, y el cuerpo adolorido, como si todo ella le tratara de gritar que había dejado demasiadas cosas "para mañana" y había hecho demasiado pocas "para ayer".
Abrir los ojos sólo le permitió darse cuenta de que era preferible haber seguido dormida. Quién te ha visto y quién te ve, Ángela mía, ¿volvemos a las andadas? Los tacones demostraban en una sola imagen el desastre que había resultado aquella cita, viendo cómo colgaba uno de los tacones del zapato. Su vestido estaba deshecho, y aún llevaba sobre sus hombros la chaqueta que el chico de la noche anterior había depositado sobre sus hombros justo antes de obligarla a salir del local. Se atrevió por fin a levantarse, trastabillando y tocando el suelo con las manos mucho antes de darse cuenta de que se había caído. Malditos tacones, ¿a quién se le ocurre caminar con ellos estando rotos?
Su tobillo volvió a recordarle los acontecimientos de la noche, cómo aquella chica la había forzado a levantar la cabeza y marcharse antes de ser ella la que se acercara a saludar a Aldo. Aldo... ¿Cómo había cambiado tanto en tan poco tiempo? ¿Cómo pudo haberse dejado llevar de aquella manera por aquella arpía que al final sólo buscaba lo que buscaba, jugar con él, con sus sentimientos, jugar con ambos hasta que no quedara nada de la amistad que una vez, dos años antes, había caracterizado a los dos chicos que se peleaban por lo mal inquilina que era y por lo bien que preparaba los crêpes? De él sólo quedaba un estúpido esqueleto andante y una sonrisa que antes era sincera y ahora era sardónica e hiriente. De ella... De ella no queda nada. Ni tan siquiera estaba ya Sergio para recordarle que él volvería a ser él... Ángela quería levantarse, y no sólo era una metáfora. Quería levantarse del piso pero para ello necesitaba primero quitarse los tacones, y no se sentía capaz de doblar las rodillas.
Sin embargo antes de que ella reuniera las fuerzas para llevar sus piernas a su pecho, una mano suave rodeó su brazo, levantandola de un salto. - Eh, tú, ¿no piensas ayudarme? Ésta no se mantiene sola, ayúdame a llevarla al baño. - Ángela giró la cara, reconociendo al momento la sonrisa de arpía que empezaba a relacionar con tanta facilidad con la mano que siempre la levantaba del suelo. - ¿N-Nat...? - No conocía de nada a aquella mujer que de repente parecía saberlo todo de ella. - Siempre igual, siempre... Voy a tener que indignarme con las tías como tú, que las ayudo y luego nada... - La cabeza de Ángela daba mil vueltas, no tenía tiempo de pensar quién demonios la llevaba del brazo aquella vez. Nat... Nat... ¿Quién era ella? ¿Qué hacía en su vida?
Arrastrando los pies logró llegar hasta el baño, donde el chico la ayudó a sentarse en el borde de la bañera antes de darse media vuelta para salir de la habitación. - ¿Quién eres? Ella sé que es Nat, pero tú... - El chico levantó la mirada, cruzándola con la de ella antes de darse de nuevo la vuelta y salir. - No habla mucho, vas a tener que insistir si quieres que Alberto cruce contigo más de una o dos palabras... - Natalia sonreía de nuevo, y aquello empezaba a sacar de quicio a Ángela, ¿quién se creía ella para sonreír cuando a Angie no le quedaban fuerzas ni para sacarse los tacones? - No pienses que te voy a ayudar con esos tacones, Angie. Si no puedes desnudarte, te ducharé con ropa. No tengo reparos, como ves... - Con mala gana, Ángela se inclinó y comenzó a quitarse la ropa, primero los tacones, luego las medias, y ya al final aquella chaqueta cuyo olor parecía calmarla. Con el vestido Natalia pareció tener más compasión, ayudándola a bajar la cremallera y desabrochandole también el sujetador, antes de apartarse y sentarse sobre la tapa del inodoro. - ¿Piensas quedarte ahí, N-Nati? - Angela no estaba acostumbrada a que nadie la viera desnuda, y por ello trataba de ocultar sus pechos con sus brazos. - Llámame Nat. Nati... Buah, venga, también Nati, pero no Natalia, nunca Natalia. Y sí, obviamente pienso quedarme aquí, no me gusta la idea de que te desmayes o que empieces a llorar ahí tirada... - Ángela seguía incómoda, nunca nadie había tratado de saltarse sus normas y Nat parecía decidida a no obedecer ni una. Pobre niña que se creía reina del mundo...
Entró en la ducha y sólo cuando cerró la mampara se sintió lo suficientemente segura como para terminar de desnudarse, antes de abrir la ducha y sentir el golpe certero del agua fría sobre su piel, y un minuto más tarde, el agua caliente que comenzaba a brotar del grifo. Suspiró antes de apoyar sus manos en la pared, sintiendo de nuevo el peso de todo su mundo sobre su espalda. - Nos conocimos hace tiempo. Aún no habías abandonado la universidad. Yo era... No era tan dura como me ves ahora. Me llamabas Natalia, no Nati, por mucho que lo intentara. Aún no habías perdido la cabeza... - Ángela recordaba.
Recordaba aquella chica que por un momento le dio miedo, parecía tan segura de si misma... Pero tenía razón, menos que ahora. Menos que ahora que parecía una súcubo dispuesta a convertirla en nada. ¡Pero si ya eres nada, Ángela! - ¿Me... me ayudarás? ¿Me vas a sacar de aquí? - Nat suspiró, se levantó y abrió la mampara de la ducha, mirando directamente a los ojos al desastre humano que era ahora Angie, y sin importarle que se estuviera mojando le ofreció la mano. - Te voy a devolver a la vida.
Abrir los ojos sólo le permitió darse cuenta de que era preferible haber seguido dormida. Quién te ha visto y quién te ve, Ángela mía, ¿volvemos a las andadas? Los tacones demostraban en una sola imagen el desastre que había resultado aquella cita, viendo cómo colgaba uno de los tacones del zapato. Su vestido estaba deshecho, y aún llevaba sobre sus hombros la chaqueta que el chico de la noche anterior había depositado sobre sus hombros justo antes de obligarla a salir del local. Se atrevió por fin a levantarse, trastabillando y tocando el suelo con las manos mucho antes de darse cuenta de que se había caído. Malditos tacones, ¿a quién se le ocurre caminar con ellos estando rotos?
Su tobillo volvió a recordarle los acontecimientos de la noche, cómo aquella chica la había forzado a levantar la cabeza y marcharse antes de ser ella la que se acercara a saludar a Aldo. Aldo... ¿Cómo había cambiado tanto en tan poco tiempo? ¿Cómo pudo haberse dejado llevar de aquella manera por aquella arpía que al final sólo buscaba lo que buscaba, jugar con él, con sus sentimientos, jugar con ambos hasta que no quedara nada de la amistad que una vez, dos años antes, había caracterizado a los dos chicos que se peleaban por lo mal inquilina que era y por lo bien que preparaba los crêpes? De él sólo quedaba un estúpido esqueleto andante y una sonrisa que antes era sincera y ahora era sardónica e hiriente. De ella... De ella no queda nada. Ni tan siquiera estaba ya Sergio para recordarle que él volvería a ser él... Ángela quería levantarse, y no sólo era una metáfora. Quería levantarse del piso pero para ello necesitaba primero quitarse los tacones, y no se sentía capaz de doblar las rodillas.
Sin embargo antes de que ella reuniera las fuerzas para llevar sus piernas a su pecho, una mano suave rodeó su brazo, levantandola de un salto. - Eh, tú, ¿no piensas ayudarme? Ésta no se mantiene sola, ayúdame a llevarla al baño. - Ángela giró la cara, reconociendo al momento la sonrisa de arpía que empezaba a relacionar con tanta facilidad con la mano que siempre la levantaba del suelo. - ¿N-Nat...? - No conocía de nada a aquella mujer que de repente parecía saberlo todo de ella. - Siempre igual, siempre... Voy a tener que indignarme con las tías como tú, que las ayudo y luego nada... - La cabeza de Ángela daba mil vueltas, no tenía tiempo de pensar quién demonios la llevaba del brazo aquella vez. Nat... Nat... ¿Quién era ella? ¿Qué hacía en su vida?Arrastrando los pies logró llegar hasta el baño, donde el chico la ayudó a sentarse en el borde de la bañera antes de darse media vuelta para salir de la habitación. - ¿Quién eres? Ella sé que es Nat, pero tú... - El chico levantó la mirada, cruzándola con la de ella antes de darse de nuevo la vuelta y salir. - No habla mucho, vas a tener que insistir si quieres que Alberto cruce contigo más de una o dos palabras... - Natalia sonreía de nuevo, y aquello empezaba a sacar de quicio a Ángela, ¿quién se creía ella para sonreír cuando a Angie no le quedaban fuerzas ni para sacarse los tacones? - No pienses que te voy a ayudar con esos tacones, Angie. Si no puedes desnudarte, te ducharé con ropa. No tengo reparos, como ves... - Con mala gana, Ángela se inclinó y comenzó a quitarse la ropa, primero los tacones, luego las medias, y ya al final aquella chaqueta cuyo olor parecía calmarla. Con el vestido Natalia pareció tener más compasión, ayudándola a bajar la cremallera y desabrochandole también el sujetador, antes de apartarse y sentarse sobre la tapa del inodoro. - ¿Piensas quedarte ahí, N-Nati? - Angela no estaba acostumbrada a que nadie la viera desnuda, y por ello trataba de ocultar sus pechos con sus brazos. - Llámame Nat. Nati... Buah, venga, también Nati, pero no Natalia, nunca Natalia. Y sí, obviamente pienso quedarme aquí, no me gusta la idea de que te desmayes o que empieces a llorar ahí tirada... - Ángela seguía incómoda, nunca nadie había tratado de saltarse sus normas y Nat parecía decidida a no obedecer ni una. Pobre niña que se creía reina del mundo...
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