miércoles, 20 de junio de 2012

Café.

Él la mimaba, y ella se dejaba mimar. Tan sencillo como eso. Esa era una regla de oro en la vida de Ángela, siempre lo fue desde que el accidente de Ernie hizo que su mundo se desvaneciera y ella se marchara a la gran ciudad con Aldo. Recibir, pero no dar. Aprendió luego a dejar entrar a la gente a su vida, por supuesto, pero primero Aldo y luego Sergio acabaron por colmar su paciencia y sus ganas de seguir intentando luchar contra lo que parecía el destino escrito a fuego en lo más profundo de su piel: que estaba hecha para estar sola. Y se acostumbró, se acostumbró a ver a la gente entrar y salir de su vida como si nada importara, como si no doliera, como si el resto del mundo realmente pensara que a ella no le doliera nada. Pero todos sabemos que Ángela es sólo coraza, ¿de verdad alguien se cree que las ojeras que vistes son por insomnio y no por las lágrimas que dejas caer noche si y noche también? Hace tiempo que nadie la cuida, nadie la mima, ni la acaricia como si ella fuera una dulce gatita en busca de cariño, antes de sacar las garras y volver a la carga.
Pero ahora Ángela sólo suspira cuando, al salir de la ducha, se encuentra a Nat media tumbada en el sofá, con la cabeza apoyada en el hombro del chico que parecía llamarse Alberto, y se da cuenta una vez más de que está sola.

- ¿Piensas adueñarte de mi casa? Pensaba que al menos me pedirías permiso o algo, qué se yo... - Cruza los brazos, aún apoyada contra el marco de la puerta, tratando de aparentar ser más dura de lo que ahora mismo se siente capaz de ser, y parece que Natalia se da cuenta porque sólo es capaz de reírse antes de sacudir la cabeza y ponerse cómoda. - ¡Ni tú te crees que con sólo una ducha te vayas a volver la reina del blues, cariño! Anda, siéntate aquí antes de que tenga que ir a buscarte yo... - Una vez más Ángela cruza la mirada con la de Alberto, y por primera vez él parece sonreír, pero tan sólo por un segundo, tan poco que Ángela siente que se lo ha imaginado, y se gira para caminar hacia la cafetera y prepararse un cappuccino. Lo necesita. Necesita el café para dominar la cantidad de ideas absurdas que corren por su mente de repente, el surrealismo que rodea su vida. - Que nos conociéramos hace tiempo no te da derecho a tomar mi casa por la fuerza. - Grita por encima del ruido de la cafetera. - Que tus padres estén preocupados por ti, sí, así que mejor no lo intentes que ya vas con retraso. - 

Tumblr_m4q1fgww1j1qjl59go1_500_largeÁngela deja caer la taza sobre el mármol de la cocina, con suerte sin derramar gran parte del contenido. Sus padres estan preocupados por ella. Nat lo sabe. Nat los conoce. Por eso ella la conoce. Por eso ella sabe de su vida, de sus errores, de cómo hace demasiado tiempo que ella no es ella misma. Natalia no es una desconocida que aparece de repente en su vida para salvarla. Natalia es parte de su vida, de cuando era joven, dulce, cariñosa y se preocupaba por la gente. Natalia la conoció antes de perder a Ernie, antes de mudarse a la capital y tratar de convertirse en quién debía haber sido desde un principio, no la tonta princesita que ayudaba a todo el mundo sin dudar, sino la mujer hecha y derecha que sabe cuidarse de si misma. La persona que no es ahora.- Decirme que me conocías "de antes de que yo dejara la universidad" es un poco inexacto, ¿sabes? - Coge de nuevo la taza, limpiando con un paño todo lo vertido antes de caminar hasta el sofá y sentarse al lado de la chica. En un primer momento se queda así, estática e incómoda, pero sólo un sorbo de café y una mirada a los dos chicos que pierden la suya en el televisor basta para que ella suba los pies también sobre el sofá y se acomode un poco más. - Buena chica. - Nat sonríe y le besa la frente, guiñándole un ojo antes de devolver la mirada a la pantalla. - Bienvenida a casa, soldado. 

martes, 19 de junio de 2012

Vuelta a la vida, vuelta a los orígenes.

Despertarse en el sofá no era la mejor opción, eso era algo que Ángela siempre había detestado. Daba igual que fuera viendo una película con su padre, o sentada en los sillones del balcón mientras hablaba con su hermana. Siempre había odiado la sensación de despertarse de una siesta demasiado larga para ser sana y demasiado corta para ser reconfortante. Y sin embargo allí estaba ella, caído sobre un lado del sofá, los ojos pegajosos y la boca pastosa, y el cuerpo adolorido, como si todo ella le tratara de gritar que había dejado demasiadas cosas "para mañana" y había hecho demasiado pocas "para ayer". 

Abrir los ojos sólo le permitió darse cuenta de que era preferible haber seguido dormida. Quién te ha visto y quién te ve, Ángela mía, ¿volvemos a las andadas? Los tacones demostraban en una sola imagen el desastre que había resultado aquella cita, viendo cómo colgaba uno de los tacones del zapato. Su vestido estaba deshecho, y aún llevaba sobre sus hombros la chaqueta que el chico de la noche anterior había depositado sobre sus hombros justo antes de obligarla a salir del local. Se atrevió por fin a levantarse, trastabillando y tocando el suelo con las manos mucho antes de darse cuenta de que se había caído. Malditos tacones, ¿a quién se le ocurre caminar con ellos estando rotos? 

Su tobillo volvió a recordarle los acontecimientos de la noche, cómo aquella chica la había forzado a levantar la cabeza y marcharse antes de ser ella la que se acercara a saludar a Aldo. Aldo... ¿Cómo había cambiado tanto en tan poco tiempo? ¿Cómo pudo haberse dejado llevar de aquella manera por aquella arpía que al final sólo buscaba lo que buscaba, jugar con él, con sus sentimientos, jugar con ambos hasta que no quedara nada de la amistad que una vez, dos años antes, había caracterizado a los dos chicos que se peleaban por lo mal inquilina que era y por lo bien que preparaba los crêpes? De él sólo quedaba un estúpido esqueleto andante y una sonrisa que antes era sincera y ahora era sardónica e hiriente. De ella... De ella no queda nada. Ni tan siquiera estaba ya Sergio para recordarle que él volvería a ser él... Ángela quería levantarse, y no sólo era una metáfora. Quería levantarse del piso pero para ello necesitaba primero quitarse los tacones, y no se sentía capaz de doblar las rodillas.
Sin embargo antes de que ella reuniera las fuerzas para llevar sus piernas a su pecho, una mano suave rodeó su brazo, levantandola de un salto. - Eh, tú, ¿no piensas ayudarme? Ésta no se mantiene sola, ayúdame a llevarla al baño. - Ángela giró la cara, reconociendo al momento la sonrisa de arpía que empezaba a relacionar con tanta facilidad con la mano que siempre la levantaba del suelo. - ¿N-Nat...? - No conocía de nada a aquella mujer que de repente parecía saberlo todo de ella. - Siempre igual, siempre... Voy a tener que indignarme con las tías como tú, que las ayudo y luego nada... - La cabeza de Ángela daba mil vueltas, no tenía tiempo de pensar quién demonios la llevaba del brazo aquella vez. Nat... Nat... ¿Quién era ella? ¿Qué hacía en su vida?
Arrastrando los pies logró llegar hasta el baño, donde el chico la ayudó a sentarse en el borde de la bañera antes de darse media vuelta para salir de la habitación. - ¿Quién eres? Ella sé que es Nat, pero tú... - El chico levantó la mirada, cruzándola con la de ella antes de darse de nuevo la vuelta y salir. - No habla mucho, vas a tener que insistir si quieres que Alberto cruce contigo más de una o dos palabras... - Natalia sonreía de nuevo, y aquello empezaba a sacar de quicio a Ángela, ¿quién se creía ella para sonreír cuando a Angie no le quedaban fuerzas ni para sacarse los tacones? - No pienses que te voy a ayudar con esos tacones, Angie. Si no puedes desnudarte, te ducharé con ropa. No tengo reparos, como ves... - Con mala gana, Ángela se inclinó y comenzó a quitarse la ropa, primero los tacones, luego las medias, y ya al final aquella chaqueta cuyo olor parecía calmarla. Con el vestido Natalia pareció tener más compasión, ayudándola a bajar la cremallera y desabrochandole también el sujetador, antes de apartarse y sentarse sobre la tapa del inodoro. - ¿Piensas quedarte ahí, N-Nati? - Angela no estaba acostumbrada a que nadie la viera desnuda, y por ello trataba de ocultar sus pechos con sus brazos. - Llámame Nat. Nati... Buah, venga, también Nati, pero no Natalia, nunca Natalia. Y sí, obviamente pienso quedarme aquí, no me gusta la idea de que te desmayes o que empieces a llorar ahí tirada... - Ángela seguía incómoda, nunca nadie había tratado de saltarse sus normas y Nat parecía decidida a no obedecer ni una. Pobre niña que se creía reina del mundo... 
Entró en la ducha y sólo cuando cerró la mampara se sintió lo suficientemente segura como para terminar de desnudarse, antes de abrir la ducha y sentir el golpe certero del agua fría sobre su piel, y un minuto más tarde, el agua caliente que comenzaba a brotar del grifo. Suspiró antes de apoyar sus manos en la pared, sintiendo de nuevo el peso de todo su mundo sobre su espalda. - Nos conocimos hace tiempo. Aún no habías abandonado la universidad. Yo era... No era tan dura como me ves ahora. Me llamabas Natalia, no Nati, por mucho que lo intentara. Aún no habías perdido la cabeza... - Ángela recordaba. 

Recordaba aquella chica que por un momento le dio miedo, parecía tan segura de si misma... Pero tenía razón, menos que ahora. Menos que ahora que parecía una súcubo dispuesta a convertirla en nada. ¡Pero si ya eres nada, Ángela! - ¿Me... me ayudarás? ¿Me vas a sacar de aquí? - Nat suspiró, se levantó y abrió la mampara de la ducha, mirando directamente a los ojos al desastre humano que era ahora Angie, y sin importarle que se estuviera mojando le ofreció la mano. - Te voy a devolver a la vida. 

lunes, 11 de junio de 2012

Baile De Máscaras En El Siglo XXI



Se mojó los labios una vez más, notando cómo se curvaba la comisura de su labio al recordar la timidez que tan sólo un par de días atrás la caracterizaba, y que con toda probabilidad volvería a ser seña de identidad de su personalidad cuando volviera a casa. Pero ahora no, ahora sólo podía mirar aquel rostro y juguetear con su copa, esperando que el hielo diluyera mejor el contenido de alcohol de su copa y así no estuviera ebria para cuando todo pasara. El ruido de la música inundaba todo, haciendo imposible cualquier tipo de comunicación más que la que el cuerpo era capaz de proporcionar.

Se mojó los labios una vez más y sonrió, viendo como el joven frente a ella comenzaba a dar señales de interés, tras horas sentada en aquel taburete. Su mirada no había cambiado de objetivo en toda la noche, salvo en un instante en el que sus ojos se posaron en los de alguien que, desde una mesa en la otra punta de la abarrotada sala, tenía los ojos clavados en ella. Parpadeó lentamente antes de devolver su atención al chico sentado frente a ella, ajeno al cruce de miradas entre ella y el chico del final de la sala. No estaba acostumbrada a recibir miradas ajenas, e incluso se encontraba fuera de lugar con aquel vestido y los zapatos de tacón rojo. Con una sonrisa y un batir de pestañas se levantó presurosa de su asiento, llegando a empujones hasta el baño de señoras que por alguna razón parecía ahora extrañamente vacío. 

Tratando de llegar a uno de los aseos notó cómo el húmedo suelo se movía bajo sus pies, haciendo que la suela de uno de los tacones cediera y ella diera de bruces contra el contrachapado azul, notando al instante un fuerte dolor en el tobillo. Nada podía ir peor, aquel chico se iría y ella volvería a casa sola una vez más. Había trabajado demasiado en aquella noche, y una vez más ella y sólo ella iba a destruir sus oportunidades. El mero pensamiento hizo que le faltara el aire, notando como el mundo giraba sobre su cabeza antes de meterse de rodillas en uno de los aseos, sin preocuparse siquiera en cerrar la puerta. Su cuerpo parecía incapaz de retener azúcar, agua y alcohol, que era lo único que ella recordaba haber tomado en todo el día, y entre toses y estertores vació el contenido de su estómago, notando en menos de un minuto cómo las lágrimas le corrían por las mejillas, probablemente destrozando el maquillaje en el que había trabajado durante tantas horas. Daba igual todo en aquel momento, ella sabía que él se iría y que volvería sola a casa, sola pese al esfuerzo para que todo fuera perfecto. 

Se oyó la puerta del baño abrirse, primero una vez seguida de una decena de taconeos, y luego, al rato, cuando su estómago ya estaba vacío y ella se preparaba para levantarse, otro taconeo, fuerte, enérgico, seguido de un golpe seco de una mano contra las puertas de los aseos, uno a uno hasta encontrarla. - Se suponía que te ibas a encargar de todo. Se suponía que eras lo suficientemente fuerte como para no rendirte. Y aquí estás, vomitando y llorando y demostrando que nunca debí haber supuesto que podrías hacerlo sola. - Cerró los ojos, esperando el tirón de sus cabellos, el golpe de su mano contra su cara, pero no llegó ninguno de ellos. Aquellos tacones sólo la alzaron del suelo con fuerza, dejando marcados sus dedos en el brazo de ella, y luego, con suma delicadeza, retiró con un pulgar el maquillaje y las lágrimas que se hallaban esparcidas por el rostro de ella. - ¿Aprenderás algún día a cuidar de tus propios asuntos, Angela? 

Su reflejo en el espejo parecía burlarse de ella, sonriendo a pesar del dolor que sentía. Entre aquella melena negra se distinguían ahora mechones cobrizos, las lentillas no ocultaban más sus ojos verdes. Su disfraz ya no servía, su máscara ya no tapaba su rostro. Salió mal, todo salió mal. Todo siempre salía mal en su vida. Sacudió la cabeza, cruzando la mirada por primera vez con la de aquella extraña de tacones negros y sonrisa de arpía, antes de que ésta señalara con un dedo el agua que manaba del grifo abierto. Antes de que la forzara a meter la cabeza bajo aquella pequeña cascada, se inclinó ligeramente y se limpió el rostro de todo rastro de maquillaje, viendo como la sonrisa de la extraña se difuminaba. - Estoy borracha, ¿verdad? Estoy borracha y tú no existes salvo en mi imaginación. Como Sergio. Tú no existes. Ángel o demonio tú no existes. - La extraña se rió, algo inusual para Ángela, y le ofreció la mano, manchada de khol y lágrimas. - Natalia, pero llámame Nat. Y soy demasiado original para ser fruto de tu imaginación. Pero tú sabes quién soy, sabes por qué estoy aquí y no mezclada entre la multitud o al lado del muchacho que no te ha quitado ojo esta noche. Tu misión era devolverle el golpe a Aldo, hacer que olvide quien es, que vuelva a ser quién era antes de... Y sin embargo aquí estás, llorando en la primera cita que tiene esta nueva... Mujer, con el nuevo hombre que dice ser. - Movió la cabeza de un lado a otro, negando la situación. - Te queda mucho que aprender. Hola, bienvenida a la academia de la vida. Creo que te tendré que dar alguna clase... - Se echó a reir, tan alto que su voz casi fue capaz de ocultar el sonido de la puerta abriendose de nuevo. 

No lo hizo, no obstante, y Angela se giró al momento, asustada por quién podría ser la intrusa esta vez. Nat se rió, saliendo por la puerta contenta, contoneando sus caderas al pasar al lado del chico que, tras cerrar la puerta, apoyó su cuerpo contra la puerta. Quería hablar, quería decirle algo, pero no pudo. Ángela sabía bien que pedirle un abrazo no era una opción, pero ya nada lo era, así que sólo pudo bajar la cabeza y caminar hacia él. - Llévame a casa, por favor... - Más que un susurro, su voz fue un quejido, pero sintiendose tan pérdida todo le dio igual, aun cuando notó sus mejillas sonrozarse. Él la miró de arriba abajo, algunos centímetros más alto que ella, y con un suspiro se quitó la chaqueta, forzandola a ponersela sobre aquel estúpido vestido. No la rozó, sólo permitió que ella le tomara del brazo para salir de la sala que, repleta, les servía de escondite para no ser vistos por la pareja que, en la mesa donde antes se mojaba los labios la chica, ahora hubiera otra mujer, misma sonrisa acobardada y mejillas sonrojadas, pero más teatro y más maquillaje. No lloró, aunque se supiera perdida. No cometió ningún error, ni uno sólo aquella noche. Ni tan siquiera cuando, ya en el sofá y aún con aquella chaqueta sobre sus hombros, pronunció las palabras que tanto problema le habían dado una y otra vez. - Espera... No te vayas. Por favor, quédate esta noche.

lunes, 2 de enero de 2012

Música en el tercer piso.

Por mucho que le costara admitirlo, Aldo estaba haciendo realmente un buen trabajo con ella. La amistad entre ellos había desaparecido, y ella le miraba con rencor cada vez que él entraba a su casa, recordando todas y cada una de las noches que se pasó llorando por su culpa, todos y cada uno de los días que necesitó a Sergio para seguir adelante (pero él ya no está aquí).

Pero eso no cambiaba el hecho de que ella seguía viva gracias a él. Cada mañana era él quién la despertaba, quién la obligaba a ducharse y desayunar, quién la acercaba al hospital para sus sesiones... Cada tarde la iba a buscar, le preparaba el almuerzo, e incluso vigilaba que comiera. Estaba tan pendiente de ella que no fueron pocas las veces que Eliza apareció allí en busca de explicaciones, de razones que explicaran por qué su novio casi no aparecía por casa.

Pero es que todo el mundo sabe ya que Ángela puede ser un agujero negro en tu vida: Lo absorberá todo y se quedará esperando más. Y ya todos saben que Aldo no puede decirle que no, aunque ella no abra la boca. Esto viene de mucho, mucho más atrás, y nadie podría cambiarlo por mucho que lo intentaran. Y querida, si pensaste que hacerle desaparecer de su vida durante un año te aseguraba la vida eterna con él, ¡qué equivocada has estado!

Los días seguían pasando. Él se encargaba de ella con esmero, como siempre lo había hecho. Un par de semanas despues de aquel primer encuentro, de aquella primera mirada al vacío que él había creado en la vida de Ángela, Aldo se atrevió a encender el equipo de música, dejando que todo el piso sintiera los sonidos de grupos que sólo ella parecía conocer en una ciudad tan poco cosmopolita como era aquella. Ella no dijo nada, no se quejó, nada. Siguió sentada en el taburete tomando su desayuno, y al terminar se volvió a su cuarto como siempre. Pero había cambiado algo y él lo sabía. Y cuando fue en busca de la compra, los vecinos, en vez de reprocharle lo alto que estaba el volumen, sólo le sonrieron, como si tratasen de decirle "Vamos, tú puedes, sigue, sálvala". Ése era su objetivo. Salvarla. Devolverla a la vida.

Lástima que a veces los objetivos no sean los mismos.

martes, 27 de diciembre de 2011

Un año en blanco

No pensó en nada. Simplemente abrió el grifo de la ducha y dejó que el agua caliente le golpeara el cuerpo, que empapara su ropa, que se diluyera con sus propias lágrimas, con su sudor, con todo lo que era ella aquella noche. Desde pequeña el agua caliente había tenido un efecto sedante en ella, quizás provocado por todas las noches que su madre la bañó cantándole para que dejara al resto de la casa descansar... Y era precisamente eso lo que buscaba, un sedante, algo que la llevara directamente a la inconsciencia, que no le provocara resaca al día siguiente, que no le cobrara caro el hecho de querer olvidar. 

El agua seguía cayendo, y como un acto reflejo comenzó a despojarse de su ropa mojada, lanzándola fuera de la ducha, oyendo, sobre el ruido de las gotas de agua chocando contra las paredes de la bañera, el golpe de las prendas contra el suelo de la habitación. No lo provocaba, no era ella, así rato que estaba en modo automático. Quién te ha visto y quién te ve, Ángela mía, esta noche sólo eres un robot. 

Si hubiera estado atenta a algo que no fuera aquel repetitivo ruido del agua contra el suelo habría escuchado el sonido de la puerta de la entrada abriéndose, dejando entrar a alguien que ella no esperaba, y cerrándose poco después. Habría escuchado los pasos, zapatos sobre la moqueta, guiándose solos hacía el baño. Si hubiera sido Ángela, habría oído la puerta del baño abrirse, y ya la vecina del tercero habría escuchado sus gritos escandalizada, porque "Quién demonios te crees que eres para entrar en el baño mientras me ducho" es lo más bonito que ella le ha soltado a alguien que ha osado entrar al cuarto. Pero ella no es ella esta noche. Ella no lo puede ser más. Está derrotada, y el agua ya no estaba tan caliente, más bien fría, pero le daba igual, el agua seguía chocándole en la espalda, el sonido seguía repitiéndose una y otra y otra vez, y ella ya no sentía nada. 

 - Así que ahora que él no está para recordarte que no puedes darte por vencida piensas rendirte, ¿no? - Cerró los ojos y respiró hondo, una, dos, tres veces. Es tu imaginación, Ángela. O quizás no. ¿Ya notas el frío? Tiritó, el agua helada empezaba a quemar al contacto con su piel. No era un sueño. No era una pesadilla. No era su imaginación - Ángela, te estoy hablando. Sal de la ducha. - ¿Ahora puede darte órdenes, pequeña? Pero qué más da, tú no eres quién eras. 

O sí... Quién sabe. Eso sólo lo sabes tú.

Porque... ¿Donde estabas entonces, Ángela? Eso es lo que todos te reprochaban, ¿no? ¿Donde estabas cuando te necesitó? Tú lo sabes. Y él también. Y ese... ser que te habla desde la puerta del baño también lo sabe. 

Las tornas se cambiaron. Para tu desgracia.

 - Para empezar, no sé quién te crees para darme órdenes, Aldo. Volver un día despues de estar más de un año sin dar señales de vida no te da derecho a entrar en mi casa sin ser invitado. Incluso si... - Dejó la frase en el aire, no pudo acabarla, aun no es real en su mente. Suspiró, respiró hondo y lo intentó de nuevo, como él le enseñó - Y en segundo lugar no sé como demonios se supone que voy a salir de la ducha si tú estás en la puerta como un maldito pervertido... 

La puerta del baño se cerró de un golpe, y ella suspiró, ni aliviada ni nerviosa, simplemente por rutina, antes de salir de la ducha y comenzar a secarse. Ya vestida, plantada delante del espejo, no pudo evitar buscar con la mirada a su amigo, siempre plantado tras de ella, siempre dispuesto a apoyar el mentón en su hombro y decirle lo hermosa que estaba... 

 - Te fuiste cuando más te necesitaba, Sergio...

domingo, 26 de diciembre de 2010

Pensamientos de Sergio una tarde de Navidad

Sergio sonrió mientras bajaba a la calle en busca de esas dichosas cajas. Al parecer, Ángela volvía a ser Ángela. Y eso era mucho pedir después de tres meses de lágrimas y alcohol. Maldito Aldo, ¿cómo fue capaz de no darse cuenta de todo lo Que hacía?... Por lo Que había entendido en las raras ocasiones en los Que Ángela aceptaba hablar del tema, Aldo conoció a la Que ahora era su novia hacía un año, cuando llevaban alrededor de un año ya viviendo juntos. Que más o menos coincidió con aQuel “momento” en sus vidas… El aniversario de la muerte de Ernesto, “Ernie”, un compañero de Ángela del instituto, y gran amigo suyo, Que falleció en un trágico accidente y del Que Ángela siempre evitaba hablar. Ángela también solía decir Que ella siempre se preocupaba porQue Aldo fuera decente a las citas, aun sabiendo Que ella prefería ser la cita… A los tres meses Aldo se fue de viaje con esa chica a Madrid, dejando sola a Ángela por primera vez en 18 meses, y  ésta sufrió su primera crisis de pánico en tanto tiempo… Y el resto él ya lo sabía bien… La novia de Aldo le convence de Que no debe vivir con Ángela sino con ella, Ángela le confiesa Que se ha enamorado de él… Él está a punto de confesarle Que siente lo mismo, pero decide Quedarse con su novia y se va… ¡¡Pero cómo pudo elegir a alguien Que no fuera la chica Que ha vivido a su lado durante 2 años!!  Pasase el tiempo Que pasase, Sergio nunca podría entender esa decisión… Cajas, cajas, ¿de dónde saco cajas yo en Navidad?

sábado, 25 de diciembre de 2010

Navidad: Momento perfecto para tomar el control.

-  ¡Despierta, duendecilla! Creo Que ya es hora de Que dejes de dormir…

La voz de Sergio sacó a Ángela del ensimismamiento en el Que llevaba ya varias horas. Pese a haberse despertado a una hora relativamente normal, por una vez no había comenzado su andadura por toda la casa, sino Que prefirió Quedarse en la cama, acurrucada, mientras miraba por la ventana la parte de la ciudad Que vivir en un tercer piso le permitia disfrutar desde su cama a través de aQuel cristal.

Sergio se sentó en el borde de la cama y le puso sobre la mesilla de noche una taza de chocolate caliente.
Desde su posición, Ángela podía ver cómo salía humo de la taza, pero sobre todo podía notar la preocupación de Sergio, patente en su rostro e incluso en cómo retorcía las manos mientras esperaba Que Ángela se incorporara.

- Sergio, basta. Ya estoy mejor. Sé Que llevo un par de semanas bastante… ¿Qué palabra puedo usar para describirlo? Apática, desinteresada, apagada… Escoge la Que Quieras. Y te agradezco con todo mi corazón Que no me hayas dejado sola en todo este tiempo, sobre todo sabiendo Que has evitado Que siguiera cometiendo locuras pero… No. Pero no. Simplemente, se acabó. Esa parte de Ángela no va a volver a aparecer. No más llantinas, no más noches en bares de mala muerte bebiendo cuánto podía hasta perder el conocimiento, ni más mañanas despertándome en camas de gente Que no conozco. Se acabó perder el control.
- Me alegra conocer esa decisión, pequeñaja. ¿Eso significa Que mi misión contigo ha acabado?

- En realidad, no. En primer lugar, necesito Que vayas a hacer la compra. Bueno, te haré una lista, necesito mil cosas Que con todo esto no he comprado, y paso de volver a comer bocadillos todo el día. Mientras yo me daré una ducha, y volveré a parecer una persona normal.

- Ehm… Ángela… La compra va a tener Que esperar. Hoy es Navidad, ¿Dónde piensas comprar? Ademas, creo Que deberías llamar a tus padres, llevan todo el mes tratando de hablar contigo, pero siempre estabas demasiado borracha o dormida para contestar.

- Ah, sí. Bien, me ducharé y les llamaré. Y habrá algún 24 horas donde comprar lo básico y urgente, ¿no?

Ángela se dedicó a garabatear la lista en una hoja del bloc de notas Que tenia sobre la mesilla, mientras Sergio escribia un sms.

- ¿Y ese mensaje? ¿Tienes una amiguita y no me lo habías dicho?

- Ja, ja, ja. Que graciosa. No, es para reservar un par de noches más en el hotel. Supongo Que me necesitarás por aQuí.

Ángela se Quedó pensativa mientras Sergio seguía a lo suyo. Sergio llevaba más de 3 semanas durmiendo en un hotel, aunque más de la mitad de las noches las había pasado en el sofá de su salón, cuidándola. Sabía Que vivía en un pueblo bastante alejado de la capital, y Que por esa misma razón pasaba muchas horas en el coche yendo y viniendo a la universidad, pero no se había parado a pensar en el gasto de pasta Que Sergio se estaba dejando en ella.

- Sergio, antes de mi ducha, antes de ir a comprar, e incluso antes de llamar a mis padres, necesito hacer otra cosa. ¿Podrías ir abajo y conseguir algunas cajas de cartón?

- ¿Cajas de cartón? ¿No iras a montarte un castillo como las niñas pequeñas no? – Sergio no pudo evitar bromear con esa idea. Al fin y al cabo, ¿para Que podía necesitar cajas?

- Aldo lleva dos meses sin aparecer por aQuí. Dos meses sin llamar, dos meses sin contestar. Dos meses sin preocuparse por nada de lo Que dejo aquí, ni por sus cosas, ni por mi. Y puesto Que he decidido tomar en control de mi vida de nuevo, lo primero Que debo hacer es vaciar su cuarto. Por eso Quiero las cajas. Tú y yo vamos a coger todas sus cosas y empaQuetarlas, y yo llamaré a la madre de Aldo para Que nos diga donde vive ahora. Y entonces, sólo entonces, podré seguir tranquila.

- ¡Ah, perfecto entonces! Pues voy a ver donde encuentro cajas de carton un sábado Que encima es Navidad, pequeña caprichosa. – Se levantó y comenzó a caminar en dirección a la puerta.

- ¡Sergio, espera! Tengo algo más en mente.

- ¿De Qué se trata?

- Pues trata simplemente de Que ya esta bien de tanto coche, ya esta bien de tanto hotel. Tengo un cuarto libre en mi piso, ¿no?. ¿Qué mejor compañero Que alguien Que me ha soportado en mis peores momentos? Es hora de Que conozcas a la verdadera Ángela.